13.6.11

JORGE TEILLIER


 (Noche de la presentación de
 “Cartas para reinas de otras primaveras”)

Llegas con tu traje dominguero
y un toque manierista en la manga derecha.
Antes de subir te vas al bar
por otro toque que te amarre a la cordura
y te plante una sonrisa para el público.

Ya estás aquí: la bella mansedumbre
en el rostro compuesto ante el aplauso.
Escuchas la palabra del amigo
y observas la escena pronto al sacrificio.

Lentamente el sacramento se sucede
y tu sonrisa abre una página:
la primavera se nos entra a codazos
con esos ciegos vagabundos tuyos
del número once.

                                               Lees
como quien juega a recoger las ramas
del árbol desgajado frente a la clínica.
Porque tú cuentas que vienes saliendo,
y nada prometes, pero todos creemos:
la primavera es a veces una joven hermosa.

Amigo de este Santiago del Último Extremo,
si pudieras verte de nuevo al día siguiente,
expatriado de los bosques de la provincia
y sin tus tréboles de cuatro hojas,
sucumbiendo hasta el cuello en todos los vasos
del número once.

3.5.11

CREPUSCULAR



Porque el lenguaje no basta es que trepo inútilmente hasta sus ojos.  Ese silencio se me pega en la ropa, me estrangula, me cuelga como harapos. Y mi carne se estremece entre su espacio y el mío.  Intento decir, pero no alcanzo.  La sopa azul de su cigarrillo merodea por el cuarto, restregándose en su piel, en mis cabellos.  Los objetos se difuminan y se alargan corno el humo.  Observo su figura muy derecha sobre la mecedora al lado de la cama.  Usted parece dirigir una orquesta invisible desde su posición junto a la ventana apenas entreabierta.
          Los pesados cortinajes de terciopelo granate ahogan el murmullo de la calle.  Me dirijo    al velador lleno de frasquitos de diversos tamaños y, en silencio, cojo el de la etiqueta azul, saco una píldora y se la entrego junto al vaso de agua fresca que he traído.
          Usted nada dice, se traga la píldora y me devuelve el vaso que coloco sobre la repisa de los muebles antiguos, inútiles testigos de su vida pasada.  El gato echado a sus pies ronronea con un fragor satisfecho ante 1a lumbre de la estufa encendida al centro de 1a habitación.  Desde el muro, el reloj da seis campanadas y la oscuridad invernal moja de sombras el cuarto. ¡Qué importa!, dice usted. Pero usted raras veces dice algo y tengo que adivinar los finos hilos de su mente.  La noche se alarga quieta, senescente. Voy hacia el balcón y comienzo a estirar las cortinas.  Usted ladea la cabeza como siguiéndome.  Continúa expeliendo el humo con ese gesto irónico, casi agotado de sus labios.
            Miro hacia la noche allá afuera y maquinalmente enciendo la lámpara que está sobre el velador, como si su fulgor pudiese crear una atmósfera nueva entre nosotros.  Usted apaga el cigarrillo y extiende sus manos nerviosas sobre las rodillas. ¡Cómo quisiera que me hablara! Pero usted nunca dice nada que no sea estrictamente necesario. Yo sé que me observa desde sus laberintos interiores, con esos ojos secos, con esos ojos descoyuntados que no dicen.
       Me muevo por el cuarto por parecer ocupada. Arreglo su mesa de noche, ordeno los frasquitos según los horarios en que usted debe tomar sus medicamentos. Vuelvo al piso bajo por más agua para llenar el vaso.  Subo rápido las escaleras y lo coloco junto a los frascos.  Usted no se ha movido.  Su silueta es una sombra plana delante de la lámpara. Abro su cama y lo observo.  Usted también me observa desde muy adentro.  Sabe que me hace daño; me roba la alegría que traigo cada mañana desde la calles, porque afuera todo es diferente.  Cuando entro, se apaga el mundo entero y en el silencio me voy hundiendo, hermanada también en su ceguera.

20.4.11

CANCIÓN PARA CAPERUCITAS



No le digan a los carniceros / que en cada vaca hay un cisne.
Hernán Rivera Letelier



Muchacha, huye del cuchillo
cuando aún sea posible, cada seductor
es un larvado carnicero.

No permitas que sus dedos terroristas
se cobijen en tu espalda,
sólo quieren arrancarte las plumas.

No dejes que su boca besadora
deslumbre de algas tus pezones
o derrame aromáticas especias
sobre tu vientre acurrucado.

Jamás cultives en tu Monte de Venus
perfumados verdores de perejil
de albahaca ni tomillo
que sólo despertarás sus apetitos.

Arranca de tu jardín todo asomo de laurel
y oculta el oloroso diente del ajo campesino;
no vaya a ser que hierva la avaricia
en el fondo oscuro de la olla
y el seductor no pueda contenerse
e introduzca en el agua alborotada
el bello cuerpo implume
que entonces ya serás.

1.3.11

EL PEZ DORADO


CUANDO SU ESPOSA LO ABANDONÓ, se mudó a un sexto piso de la calle Merced, frente a una tienda de peces ornamentales. Todos los días, al dirigirse a su trabajo, atravesaba la calle esquivando los automóviles que pasaban raudos a tan temprana hora, y se detenía unos minutos frente a la vitrina a observar los acuarios repletos de pececillos de diversos colores. De alguna manera, esto lo tranquilizaba y aliviaba su mente del insomnio de la noche anterior. Los veía deslizarse suavemente entre las algas, moviendo sus colas tornasoladas. Algunas veces se dirigían rectamente hacia él y lo escrutaban con esos ojos pequeñísimos, pero tan llenos de vida. Se preguntaba qué querrían comunicarle esas miradas. Se quedaba contemplándolos como hipnotizado, hasta que un bocinazo lo volvía a la realidad y emprendía rumbo a la oficina.

El día generalmente transcurría lento pero azaroso. No podía concentrarse en las páginas llenas de números, y sus informes salían cada vez más atrasados. Su jefe comenzaba a perder la paciencia, aunque conocía el infierno por el que atravesaba su ayudante. Las secretarias lo miraban con lástima cuchicheando a sus espaldas, y los compañeros, que al comienzo se esforzaban en consolarlo invitándolo a una cerveza después del trabajo, pronto se aburrieron ante su mutismo y lo dejaron solo. El tiempo debería encargarse de sanar sus heridas. Y él lo prefirió así. Se solazaba recordando su antigua vida en la casita de Ñuñoa, con sus hijos revoloteando alrededor y su esposa, que si bien no era la compañera ideal, por lo menos siempre estaba allí. Pero de pronto, todo cambió. Ella lloraba por las tardes y se volvió inaccesible y violenta. Así la situación, una noche se desencadenó una escena tormentosa, durante la cual ella le gritó que ya no soportaba más su vida plana y desprovista de emociones. Ella quería una existencia más movida, con nuevas amistades. Deseaba recuperar algo de su juventud perdida entre pañales, cuentas por pagar, y una libreta de ahorros que le restringía sus anhelos de ropa nueva y salidas nocturnas. En fin, soñaba probar la independencia. Y él tuvo que mudarse y asumir una vida de soltero a los cuarenta, sin ganas de salir ni de ver a nadie.
En las noches, desde su ventana contemplaba la vitrina iluminada de la tienda de enfrente. Cuando llovía y estaba especialmente nostálgico, bajaba los seis pisos por la escalera, evitando encontrar a los vecinos en el ascensor, y acudía a mirar los peces, siempre protegidos en sus esferas de cristal.
       Una mañana de sábado por fin se decidió. Volvió nervioso a la tienda y no supo qué pedir al empleado. Estuvo largamente observando las peceras llenas de variados especímenes, hasta que un pececillo dorado llamó su atención. Compró todo lo necesario y regresó con su paquete al departamento. Colocó la pecera sobre la repisa de los libros y enchufó el cable a la red de energía. Se encendió la luz interior y vio maravillado cómo el pez comenzaba a bailar entre las pequeñas plantas. Con sus dedos esparció delicadamente una pizca de alimento sobre el agua y se sentó a contemplar cómo la boca diminuta iba cogiendo el fino polvo de oro. Estuvo largamente sometido a la extraña sensación de compartir, de ahora en adelante, su existencia con aquella criatura mínima, que sin embargo lo ataba a este mundo con nuevas responsabilidades. Y se sintió súbitamente alegre. Este ser lo sujetaba a la tierra, lo convertía en cómplice de sí mismo. Tendría que preocuparse de asear la pecera, mantener la temperatura adecuada y alimentarlo diariamente.
      Los domingos visitaba a sus hijos y generalmente los llevaba al zoológico o a ver una película. Sin embargo, el domingo que siguió a la llegada del nuevo huésped, decidió que los llevaría a su departamento para mostrárselos. E1 recinto era demasiado pequeño para contener el asalto de tres niños y se inquietaba pensando cómo haría para entretenerlos durante toda la tarde.                                                                                                   
         Pero el pez fue suficiente. Los hijos, fascinados, introducían sus dedos en el agua y la agitaban para conseguir que el habitante escondido entre las algas se moviera, y éste no se hacía esperar. Desplegaba su dorada belleza ante los ojos expectantes, con un gracioso movimiento de aletas y de cola. Luego se dirigía en picada contra el vidrio y los miraba recto, ojos contra ojos. En premio, recibía inmediatamente un puñadito de comida. Pronto llegaba el atardecer y con ello la hora de llevar los niños a su madre. Éstos se despedían del pez y corrían escaleras abajo, hasta la dulcería de la esquina, que nunca cerraba los domingos, donde se aprovisionaban para el viaje a casa.                                                               
      Insensiblemente, su vida comenzó a cambiar. En las mañanas cantaba en la ducha y se preparaba un suculento desayuno. Mientras comía, le hablaba a su compañero, bre solitario, ironizando sobre sí mismo. Luego, le exponía detalladamente sus próximos movimientos y planes inmediatos, y aun le explicaba asuntos de la oficina que lo preocupaban. Acostombraba a poner la radio Beethoven al levantarse, y pronto se dio cuenta de que al pez le gustaba la música, por el rítmico baile de su cola al compás de una sonata o de una fuga. Decidió entonces dejar la radio encendida durante su ausencia para acompañarlo. Cuando regresaba en la tarde, el pececillo lucía ansioso—podría jurarlo—, aunque no se lo había contado a nadie para no aumentar su fama de excéntrico.
        Algunos meses pasaron sin que el hombre notara nada extraordinario, excepto que su vida ya no estaba en absoluto vacía. La compañía del pez llenaba todas las horas y el amargo recuerdo de la esposa se había vuelto difuso. Cuando intentaba evocar cómo habían sido las cosas, no lograba hilar los acontecimientos y su mente tendía a evadirse. A las mujeres hay que tratar de comprenderlas, se decía pensativo, mientras observaba a su ex esposa arreglándose para salir, cuando él acudía
por los niños los fines de semana.
   El dolor ya se había ido. No añoraba presencia alguna. Hasta la visita a sus hijos comenzó a parecerle una obligación que debería tratar de eludir. Él era feliz con su breve acompañante, que le brindaba la paz de espíritu que necesitaba. La música parecía unirlos indisolublemente. Comenzó a probar con diferentes autores. El pececito se alegraba con Bach, se entristecía con Mussorgsky, Bartok lo ponía nervioso y bailaba con Satie. Todas las tardes se quedaban oyendo música hasta pasada la medianoche. Cuando se acababa el disco, apagaba la luz y susurraba las buenas noches a su compañero de soledad.
Una mañana especialmente luminosa, le pareció ver que el pececito lucía algo diferente. No supo precisar en qué residía la diferencia y, luego de encogerse de hombros, le tiró un beso de despedida y salió. Al volver a casa, abrió la puerta y, antes de encender la luz, vio la pecera brillante, pero el pececillo no aparecía. Estaba escondido entre las algas. Pulsó el botón de la luz y se acercó a la repisa para ver mejor.
Acarició el vidrio con sus dedos y muy suavemente comenzo a llamar: ¡Susana, Susana!', pero el pez permanecía oculto. Introdujo su dedo índice dentro de la pecera y agitó el agua levemente: '¡Susana, Susana! ¿quieres que te dé tu comida?' Tomó el delicado alimento y lo sopló sobre la superficie del agua. Entonces Susana apareció. La contempló un instante, embelesado. Tuvo que pestañear dos veces y un sudor frío le subió por la espalda hasta la nuca. Una pequeñísima mujer, una sirena, había emergido de entre las plantas. Nadó hasta rozar con sus labios el vidrio de la pecera y arrugó la boca en un beso inconfundible.

16.2.11

ÚLTIMA PRIMAVERA


Sé que un día de éstos / acabaré en la boca de alguna flor
Blanca Varela


Cegadora y arbitraria entró como un torbellino
para destriparme, la primavera.
Me succionó la médula,
forcejeó con mis aprensiones hasta metérseme dentro
y tuve que verla en su verdor inexcusable,
tuve que olerla hasta la náusea,
y ella hubo de arrebatarme
hasta mis nubes más ocultas.
Quedé con el corazón en descampado, desprovisto
de telarañas y puñales / calato en su calabozo.

Engañosa, luminosa
me humilla con su mascarita de flores
y sus pajaritos recién brotados,
pero el memorioso que llevo dentro no cesa de gritarme
que no le crea / que se irá de un día para otro
con su risueña costumbre de madreselva.
Y luego tendré que construirme pabellones y huesos
y costillares y verjas de feroz apariencia
para guardarme y protegerme
de sus besitos pintados.