6.3.19
7.12.18
ALEJANDRA BASUALTO: PREMIO LETRAS DE CHILE 2018
Agradezco
representar a Letras de Chile en el acto de premiación de Alejandra Basualto, amiga,
gran escritora, que se ha mantenido siempre en un camino creador de sus propias
obras, pero también en el de tantos que encuentran en sus talleres apoyo y
estímulo, siempre necesarios, y que implican mucha generosidad de tiempos, de
ideas, de lecturas, relecturas y comentarios, en el largo camino a descubrir
sus propias voces.
Con Alejandra
nos conocemos desde hace muchos años, no solo porque pertenecemos a la misma
generación, sino porque nuestros pasos nos fueron llevando por caminos
similares. Desde distintas historias y lugares, nos encontramos en los años 80
en el Departamento de Literatura del campus La Reina de la U. de Chile. Creo
que gracias a que una querida profesora, Teresa Lira, sopló nuestros nombres, fuimos
parte de los talleres de José Donoso, en aquellos años de dictadura.
Recordando
esa experiencia después de varias décadas, y más allá de lo propiamente creativo
y de lo que pudiera significar estar con un escritor como Donoso, sin duda lo
más profundamente rescatable es que se constituyó como un “espacio de
libertad”, en un contexto de años terribles en que todo lo negaba.
Y, en
una última coincidencia, amamos los gatos y ellos también nos aman.
Narradora
y poeta de alto vuelo, Alejandra ha mantenido desde muy niña y sin titubeos, su
opción por la escritura y la lectura, por esas palabras que construyen y
mantienen nuestras vidas, que sostienen incesantes conversaciones con nosotros
mismos y con otros, con ese mundo que queremos entender, pero también cambiar,
porque la literatura cumple un rol fundamental al contar y mostrar algo que buscamos
confusamente, pero con la seguridad de que en algún recodo nos espera. Y,
gracias a la literatura, podemos ponerle nombre, sacralizar su existencia,
hacerlo nuestro.
Autora
de numerosos libros, su obra ha sido traducida al inglés, danés, francés,
italiano, mapudungun, entre otros idiomas. Su nombre está presente en numerosas
revistas, antologías de cuento y de poesía, tanto chilenas como de EE.UU.,
Canadá, México, España, Dinamarca. En 2009, como parte de mi trabajo en el
Ministerio de Educación, hice una antología de cuento y poesía dedicada solo a escritoras
chilenas, que titulé “Mujeres de palabras”, en la cual está Alejandra con un
bellísimo cuento, El pez dorado.
Alejandra
ha participado como jurado en innumerables concursos de prosa y poesía, tiene a
su haber muchos y merecidos premios por su obra; se ha desempeñado en tareas
académicas en universidades del país y del extranjero. Como parte de Letras de
Chile ha participado en proyectos realizados en escuelas públicas del país, con
talleres orientados a estimular la escritura y la lectura de jóvenes
estudiantes.
Durante
más de tres décadas ha mantenido activos sus talleres generosos, realizados en
su maravillosa casa, con tantos árboles y con tanta historia, por los cuales
han transitado innumerables “aprendices de escritor”. Desde los años 90 su
editorial La Trastienda ha publicado y sigue haciéndolo a muchos de sus pares, y
también a sus talleristas, en bellas y cuidadas ediciones.
Como
narradora, ha incursionado con éxito en el cuento, el microcuento y la novela.
Entre sus libros de cuentos están La
mujer de yeso, Territorio exclusivo y Desacato al bolero.
Su
novela Invisible, viendo caer la nieve,
cubre un largo periodo histórico del país, desde los inolvidables, épicos y
utópicos sesenta, hasta los noventa; desfilan por sus páginas la elección de
Salvador Allende y la Unidad Popular, la dictadura, la democracia, al fin, aunque
“dentro de lo posible” …
Los
personajes discurren en medio de esos avatares, porque la vida continúa siempre,
a pesar de todo. Despliegan sus voces en una especie de sinfonía desacompasada,
que se expresa en monólogos que van y vienen, que se entrecruzan y superponen,
cada uno entregando una visión y una versión, desafiándonos a contrastarlas con
las nuestras.
Al ámbito
de la poesía pertenece su primera publicación, Los ecos del sol; otros títulos son El agua que me cerca, Las
malamadas, Altovalsol, Casa de citas, Antología personal 1970-2010, Cuchillos.
En
sus propias palabras, Alejandra dice que “La poesía llegó conmigo junto a la
magia y al desarraigo” (…) “La magia y el desarraigo forman parte de mi proceso
creativo como el corazón y los pulmones tienen que ver con el cerebro. La
interacción entre los tres aúna lo que soy, lo que fui y lo que seré”.
Quién
podría negar que es un acto de magia construir ese edificio de lo que
reconocemos como poesía, como literatura, solo con palabras, siempre dispersas,
pero que quien escribe las convoca y las ordena de la manera precisa para que
se conviertan en significados que volvemos propios, porque resuenan en ellos
nuestras propias vidas, iluminando esos rincones que aún no habíamos
descubierto.
La
poesía de Alejandra ha ido siempre por un camino de creciente profundidad y
gran condensación poética; de ahí su capacidad de despertar múltiples lecturas
y asociaciones, en tanto toca temas centrales de nuestras vidas.
Quiero
terminar este merecido reconocimiento y celebración de Letras de Chile a
nuestra querida Alejandra, leyendo algunos breves textos de su autoría. El
primero muestra un rasgo presente en muchas de sus obras. En líneas generales,
estamos entrenados para leer como poesía aquello que está escrito en líneas
cortas, y como prosa, aquello que ocupa el ancho de la página, independiente
del “tono” que predomine en el texto.
A
menudo, Alejandra desafía, y con éxito, esta separación en géneros,
entregándonos una literatura fresca y libertaria, que deja en nosotros la
decisión de cómo leerla. Con este texto ella hizo el doble ejercicio:
escribirlo como poema y como microcuento. Va como cuento y ustedes podrán armar
el poema.
Príncipe azul
No
desmontes de tu brioso corcel, ni me tomes en tus brazos, ni roces mis labios
con tu boca delicada, porque si te miro de frente con mis ojos de bruja verde,
y te beso como se debe, y me sueño todo el cuento entre tus sábanas de Holanda,
mucho me temo que desaparezcas.
Y
otro cuento breve, que nos habla de la continuidad y la prolongación de la vida
en otras formas:
Botánica
Se
desangraba en la acera. No habría otra luna para él, ni estrellas, nunca más.
No quería dejarse ir, pero la oscuridad se le agrandaba en los ojos.
Su
mano tocó la fría masa de acantos que bordeaba el antejardín. El cerebro
comenzó a penetrar en el verde hasta el fondo. La savia ululaba entre sus
dedos. Los apretó y restregó contra la piel rugosa de la planta. Entonces
sucedió: sintió el rocío en la cara como una llovizna de oro en un campo de
yuyos. El vientre dejó de doler. Los ojos se acostumbraron a la penumbra, pero
ya no eran sus ojos, sino pequeños tentáculos que se arrastraban por la tierra
tras el reguero de sangre. En la boca, un sabor amargo y leve de hierba. Tentó
sus raíces firmes y agradeció las alas verdes que le nacían de los hombros y se
curvaban con la brisa.
Y,
finalmente, para cerrar, un poema bellísimo que nos habla de la muerte y el
amor, siempre juntos, esa muerte que ya ha tocado a seres tan amados y que
ronda invisible por ahí…
SI MUERTE FUERA
Si la palabra MUERTE abrigara un hombre bajo
el poncho,
manso de actitudes / dulce de palabras /
bello
como los caquis en otoño / que me endulzara
la boca
con su áspero sabor a macho en celo;
si MUERTE fuera un muchacho fuerte y juguetón
como un cachorro sin destetar,
que mordiera mis tobillos y me robara la ropa
interior,
los zapatos y las medias;
si ese MUERTE que tal vez ya me observa
-centinela del siglo que asoma sus encías
inmaduras-
mostrara un rostro de barba negra y
cariciosa,
un resuello de varón maduro
y sienes clareando en la penumbra;
entonces sí me gustaría encontrármelo de
frente
aunque fuera en un callejón oscuro,
o en la mitad de un verano bajo los árboles
de mi casa
en un domingo cualquiera
de esos que nadie halla motivos para
recordar.
Me abrazaría entonces al mentado muerte
convencida
de que es mi último caballero andante,
el olvidado príncipe azul o un valiente
filibustero
que viene a rescatarme / a seducirme
a llevarme consigo
para que por fin juguemos
un último juego
de esperanza.
Gracias por su presencia y un gran aplauso
para nuestra querida Alejandra Basualto.
Josefina
Muñoz Valenzuela
6 de
diciembre de 2018
13.9.18
BOTÁNICA
Se desangraba en la acera. No habría otra luna para él, ni estrellas, nunca más. No quería dejarse ir, pero la oscuridad se le agrandaba en los ojos.
Su mano tocó la fría masa de acantos que bordeaba el antejardín. El cerebro comenzó a penetrar en el verde, hasta el fondo. La savia ululaba entre sus dedos. Los apretó y restregó contra la piel rugosa de la planta. Entonces sucedió: sintió el rocío en la cara como una llovizna de oro en un campo de yuyos. El vientre dejó de doler. Los ojos se acostumbraron a la penumbra, pero ya no eran sus ojos, sino pequeños tentáculos que se arrastraban por la tierra tras el reguero de sangre. En la boca, un sabor amargo y leve de hierba. Tentó sus raíces firmes y agradeció las alas verdes que le nacían de los hombros y se curvaban con la brisa.
2.7.18
ZAPATITO DE CRISTAL
APARECE. DESAPARECE. La noche resfría cabezas y hiela pies en el Santiago semidesierto a esa bora. Apenas las doce. Y aparece de nuevo frente a Ia luz roja. Blanco. Toyota. Renovación Nacional y todo eso parece deslizarse por su hermoso perfil de niñito bien. Profesión tradicional, Universidad Cató1ica -seguro- y un post grado M.I.T. o tal vez Chicago, dependiendo de ciertas condiciones imposibles de averiguar desde el festivo Volkswagen armado en Brasil, con las cuatro mujeres adentro.
La burbuja crece por dentro y por fuera... La mutua compañía y Ia libertad momentánea enardecen los ánimos despejando esas recónditas oscuridades que cada una guarda por separado, para la soledad, para el espejo oculto.
Lo miran de frente, le hacen señas. Él tuerce Ia cabeza entre coqueto y seductor. Luz verde. Dispara el bólido blanco por Providencia bacia la cordillera. El brasileño apura el acelerador en medio de la risotada general. ¡Tú puedes! Hay que cederle el paso a la única micro que amenaza con venirse encima, ¡chofer prepotente, qué apuro, si va casi vacío! Las de atrás golpean el respaldo de 1a conductora. Apura. Apura. Y la luz roja de Manuel Montt, en franca complicidad, mantiene rehén al flamante Toyota recién lavado servicio-completo-semanal-de-servicentro. Mejilla olorosa mira por el espejo retrovisor hasta que el Volkswagen se desliza suavemente para detenerse a su lado. Bajan ventanillas, pero la verde se viene implacable y pitean de atrás las bocinas. Nuevas señas con las manos y los vehículos continúan bacia el oriente, codo a codo. El seductor entra decidido en el juego y mantiene la velocidad bajita, a raya. Los dos autos se mecen juntos como si navegaran por la avenida semivacía. Verde. Verde. Noy hay posibilidad de comunicaci6n, salvo por las miradas y las sonrisas.
Ellas urden estrategias, se envalentonan, sabiendo de antemano que toda la gracia está en el juego, que la línea imperceptible que une aquello con lo sórdido real no puede ser traspasada. Leyes no formuladas regulan todo movimiento y la risa y el viento que les hiela los dientes a través de la ventanilla abierta, son todo lo concreto que pueden percibir en esa medianoche fantasmal de jueves. De esos jueves conquistados a punta de discusiones y promesas: comida hecha, mesa puesta, niños a cargo de la hermana, la tía, la prima o la santa vecina que no logró el permiso y que se conforma con disfrutar de los cuentos compartidos con el café de los viemes por la mañana, todas vociferando y riendo, chacota general en medio del aseo sin hacer y de las ollas que hierven en la cocina, y la santa tiene que recurrir a toda su capacidad de ensoñación para compartir las experiencias de la noche anterior, pues la liberación femenina no llega aún por casa.
Llegan juntos a la luz roja de Manquehue.
-¿A dónde van? -pregunta el Toyota.
-A bailar toda la noche -gritan a coro.
-Si quieren, las acompaño -sugiere él, como invitando, pero con la certeza de que va directo a casita, donde la sagrada familia espera, la sopa en el microondas, o el sandwich listo para apretar el botón y luego acostarse a ver las noticias de trasnoche antes de dormir.
Ellas saben todo eso. Imaginan el portero electrónico y el garaje para dos, donde el espacio vacío espera a su dueño, y la dueña de todo espera a su vez, etemamente despierta, junto al espacio vacío de la gran cama doble.
De nuevo la luz verde los empuja y avanzan lado a lado hasta el cruce de Apoquindo. El juego parece llegar a su fin. Pero cada una ha soñado una historia diferente' pasando por encima de los hoyos negros, de la definitive realidad de los pañales estilando sobre la tina del baño, de las cuentas atrasadas del teléfono, de las goteras que florecen en el cielorraso con las primeras lluvias, de la rutina que se acuesta en el mejor lado de la cama y espera impaciente la cena.
En la esquina, él señaliza a la derecha y con la más encantadora sonrisa se despide rumbo a Los Domínicos. Ellas siguen derecho. Unos metros más. Las risas poco a poco disminuyen. Hacen las últimas señas de despedida y le soplan besos, aunque ya no alcancen a divisar sus luces rojas. Luego, en tácito acuerdo, dan la vuelta y comienzan a bajar rumbo a Nuñoa, a las pareadas viviendas de pasaje. La noche libre ha terminado. Hay que llegar a lustrar zapatos escolares, repartir besos de buenas noches y sacarse definitivamente los trajes de Cenicientas que transgredieron la medianoche.
Zapatito de cristal no dejaron ninguno.
La burbuja crece por dentro y por fuera... La mutua compañía y Ia libertad momentánea enardecen los ánimos despejando esas recónditas oscuridades que cada una guarda por separado, para la soledad, para el espejo oculto.
Lo miran de frente, le hacen señas. Él tuerce Ia cabeza entre coqueto y seductor. Luz verde. Dispara el bólido blanco por Providencia bacia la cordillera. El brasileño apura el acelerador en medio de la risotada general. ¡Tú puedes! Hay que cederle el paso a la única micro que amenaza con venirse encima, ¡chofer prepotente, qué apuro, si va casi vacío! Las de atrás golpean el respaldo de 1a conductora. Apura. Apura. Y la luz roja de Manuel Montt, en franca complicidad, mantiene rehén al flamante Toyota recién lavado servicio-completo-semanal-de-servicentro. Mejilla olorosa mira por el espejo retrovisor hasta que el Volkswagen se desliza suavemente para detenerse a su lado. Bajan ventanillas, pero la verde se viene implacable y pitean de atrás las bocinas. Nuevas señas con las manos y los vehículos continúan bacia el oriente, codo a codo. El seductor entra decidido en el juego y mantiene la velocidad bajita, a raya. Los dos autos se mecen juntos como si navegaran por la avenida semivacía. Verde. Verde. Noy hay posibilidad de comunicaci6n, salvo por las miradas y las sonrisas.
Ellas urden estrategias, se envalentonan, sabiendo de antemano que toda la gracia está en el juego, que la línea imperceptible que une aquello con lo sórdido real no puede ser traspasada. Leyes no formuladas regulan todo movimiento y la risa y el viento que les hiela los dientes a través de la ventanilla abierta, son todo lo concreto que pueden percibir en esa medianoche fantasmal de jueves. De esos jueves conquistados a punta de discusiones y promesas: comida hecha, mesa puesta, niños a cargo de la hermana, la tía, la prima o la santa vecina que no logró el permiso y que se conforma con disfrutar de los cuentos compartidos con el café de los viemes por la mañana, todas vociferando y riendo, chacota general en medio del aseo sin hacer y de las ollas que hierven en la cocina, y la santa tiene que recurrir a toda su capacidad de ensoñación para compartir las experiencias de la noche anterior, pues la liberación femenina no llega aún por casa.
Llegan juntos a la luz roja de Manquehue.
-¿A dónde van? -pregunta el Toyota.
-A bailar toda la noche -gritan a coro.
-Si quieren, las acompaño -sugiere él, como invitando, pero con la certeza de que va directo a casita, donde la sagrada familia espera, la sopa en el microondas, o el sandwich listo para apretar el botón y luego acostarse a ver las noticias de trasnoche antes de dormir.
Ellas saben todo eso. Imaginan el portero electrónico y el garaje para dos, donde el espacio vacío espera a su dueño, y la dueña de todo espera a su vez, etemamente despierta, junto al espacio vacío de la gran cama doble.
De nuevo la luz verde los empuja y avanzan lado a lado hasta el cruce de Apoquindo. El juego parece llegar a su fin. Pero cada una ha soñado una historia diferente' pasando por encima de los hoyos negros, de la definitive realidad de los pañales estilando sobre la tina del baño, de las cuentas atrasadas del teléfono, de las goteras que florecen en el cielorraso con las primeras lluvias, de la rutina que se acuesta en el mejor lado de la cama y espera impaciente la cena.
En la esquina, él señaliza a la derecha y con la más encantadora sonrisa se despide rumbo a Los Domínicos. Ellas siguen derecho. Unos metros más. Las risas poco a poco disminuyen. Hacen las últimas señas de despedida y le soplan besos, aunque ya no alcancen a divisar sus luces rojas. Luego, en tácito acuerdo, dan la vuelta y comienzan a bajar rumbo a Nuñoa, a las pareadas viviendas de pasaje. La noche libre ha terminado. Hay que llegar a lustrar zapatos escolares, repartir besos de buenas noches y sacarse definitivamente los trajes de Cenicientas que transgredieron la medianoche.
Zapatito de cristal no dejaron ninguno.
2.4.18
EL ANGELITO
Bienaventurado /
El que en un altar hizo su
nido / y voló bajo;
Alfonso
Alcalde
La madre sombreaba por los
cuartos
con su silencio encorsetado,
los ojos apenas vivos para
mirar
la carrera final de su
angelito.
Blancos faldones, alas
plateadas,
de pie / con la rigidez de las
muñecas antiguas
el niño muerto me miraba.
El padre pegaba monedas en su
frente
sin secarse el sudor ni
aflojar la pena.
Alguien cortó un cardenal rojo
del jardín
y se lo puso al finadito en la
boca
pero él ya no podía agarrarlo
con sus dientes.
Quise tocar sus pies / mi
madre me detuvo.
Entonces supe que el niño ya
no estaba
con su cuerpo de niño, ni sus
gritos
ni sus risas, ni sus llantos.
En su lugar habíase instalado
un ángel de veras
para consolar a padres y
hermanitos.
En su honor sollozaban las
lloronas
vestidas de negro riguroso /
en el patio
los tíos martillaban unas
tablas
para armar un cajoncito
blanco.
Cuando comenzó la fiesta mamá
dijo
que mejor volviéramos a casa.
Al día siguiente desde mi
ventana
vi marchar al padre con su
bultito
como si llevara un quintal de
harina
atormentándole los hombros.
Detrás / la comitiva a paso
lento
como si todos fueran
abandonando el pueblo.
19.2.18
MEDIANOCHE
La medianoche dormita
entre viajeros enlutados
y las calles escapan a ciegas.
La luna es una rueda
que insegura ante el ojo desemboca
y nuestros cuerpos avanzan
extrañamente pálidos.
Mi sueño es un cielo sin cerrojos
y el hilo que sujeta los sonidos
se deshace.
Vacilo ante multitud de puertas agotadas
de no morir siquiera un poco
y me dirijo a las ventanas.
Una mujer de yeso
asoma su impúdica mirada
y no responde.
Y sé que me voy destiñendo
en esta orilla extranjera
donde todos llevan máscaras.
Y la noche corre conmigo
con la prisa de no llegar.
15.4.17
MARTILLO DE LA SANGRE
El martillo
de
la
sangre
convoca
tempestades
arremete
y no desdeña
subterráneos
mazmorras
siluetas grises
horas filudas
descampados
El martillo
es una boca
una mano
un
respirar
sin nombre
rostro
palabras
es solo
sangre
herida
despojo
y tanto
desamparo
Cuando
la noche
arremete
no hay serruchos
martillos
ni clavos
solo
fiereza
hielo
dientes
Nada hay
que custodie
ya
nuestros
sueños
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