27.1.14

VALLE DE LA LUNA



Hemos dejado absortos relojes

y empujamos el gesto hacia la sal.

El sol ahueca pisadas sobre un lecho de pájaros

inmóviles.

Las manos yermas deslizan sombras

divididas sobre la piedra.




Avanzamos sobre un fuego

que nos absuelve

sin levantar los ojos.

El silencio asciende como una vela

y dejamos de ser

y navegamos.




SAN PEDRO DE ATACAMA
In memoriam P. Gustavo LePaige



Sólo que para entrar al mediodía

con el sol renegando

y la muerte por ahí que destila oquedad,

hay que sentirlo, dicen.

Porque ya no están los ojos

y sí la negra masa de los siglos sobre la frente.

Aquello se mueve detrás de las tablas de madera de cactus

atisbando por los agujeros

o debajo de la cama que guardaba sus últimos secretos.

Y afuera un día terso sobre la arena ciega.





Pero entrar de noche no se puede:

ya las sombras recuperan colores

y las pequeñas momias tuercen la cabeza.





Entonces la noche sonámbula proscribe todas las lámparas.

Los sobrevivientes elevan plegarias en cuartos pintados de azul

y una hilera de pimientos tiembla



junto a muros calcinados.

31.8.13

ELLA DUERME




Ella duerme con su corazón en la punta de los dedos
cuando la noche resplandece en el jardín:
la savia late en la madeja de los tallos
y más allá del verde la luna golpea.
Ella ha cerrado todas las puertas, y en la penumbra
se queda sola con sus sueños sin sueño.
Su corazón se escurre como un pájaro
con un temblor de sábanas, y cae entre la hierba.
Ella duerme, su mano tendida al aire,

y en el jardín silenciosamente la luna se ha ido.

3.6.13

ZURDA

En el comedor los ojos de la monja  son cuchillos sobre mi mano izquierda. Viene amenazante pero la cuchara sigue firme en mi mejor mano.
-Niña, ¡Te he dicho que es mala educación comer con la izquierda! Y los puntitos bajo sus cejas gotean piedras sobre el plato que se enfría.
-¡Toma la cuchara con la derecha y come!

Obedezco, pero la cuchara se vuelve difícil y los garbanzos manchan mi pechera antes de llegar a la boca. Además, se me cerró la garganta, no puedo tragar y, por último, esta comida es mala y no la quiero.

10.3.13

TALLER LITERARIO Y EDITORIAL “LA TRASTIENDA” INFORMA:


Están abiertas las inscripciones para los Talleres de 
Poesía, Cuento y Autobiografía Creativa,
impartidos por la escritora Alejandra Basualto, que se realizarán en forma trimestral en
Echeñique 5903-A, La Reina.

Valor: $ 45.000.- mensuales.
Informaciones e inscripciones en los teléfonos:
27160831 y 9-3311640 


Se realizarán en los siguientes horarios:
Poesía:  martes de 19:30 a 21:30
Autobiografía Creativa:  miércoles 19:30 a 21:30
Cuento: jueves: 19:30 a 21:30

Las clases comienzan el martes 10 de marzo de 2014

25.11.12

Comentario por Antonio Rojas Gómez, Revista Occidente N° 420, julio 2012:




“INVISIBLE, VIENDO CAER LA NIEVE”
Alejandra Basualto, novela
Editorial La Trastienda, 194 páginas.

Alejandra Basualto tiene un lugar ganado en la literatura actual como poeta y cuentista. Este título es su primera incursión en la novela. Su tema es recurrente: el quiebre institucional, la pérdida de la democracia, los horrores de la dictadura. Basualto lo enfoca desde la óptica de distintos personajes, unidos por lazos de parentesco, de amistad y de amor no realizado.
La obra se estructura como un relato cuyo narrador va dando cuenta sumaria de los hechos que afectan a los personajes. Este narrador mantiene una mirada objetiva. Sin embargo, su voz se entrelaza con la de los propios personajes, a quienes la autora cede la palabra en determinados momentos en los que va dando cuenta de sus sentimientos. Es aquí donde aparece la vena poética de Alejandra Basualto, con cierto lirismo de buena ley y un correcto manejo del idioma. La escritura es ajustada y sobria, lo que facilita la lectura.
Los personajes básicos son dos mujeres, Regina y Ángela, y dos hombres, Max y Antonio. Regina está casada con el hermano de Ángela, pero está enamorada de Antonio desde la adolescencia. Ángela también está casada, pero se enamora de Max. Y éste, a su vez, está enamorado de Antonio, porque es homosexual. Pero Antonio no lo es, al contrario, tiene algunos arrestos de Casanova.
Cuando acontece el golpe de estado, Antonio y Max se exilian en Canadá y Ángela y Regina permanecen en Chile, en lo que llaman el exilio interno. Los dos hombres regresan cuando vuelve la democracia, pero las vidas de todos ya están rotas, perdidas, y el reencuentro resulta doloroso y avanza paulatinamente a un final desolador.
Alejandra Basualto tiene oficio literario y esta primera incursión en el género novelesco lo demuestra con un resultado satisfactorio.

18.11.12

RÉQUIEM PARA UNAS MANOS




El era grande y amarillo y tenía las manos tibias.  Y ella lo amaba.  Lo amaba por casi una década, dentro de la que hubo muchas inundaciones de calles y carreteras, un terremoto en el área metropolitana, y varios veranos tórridos, durante los cuales ella jamás habría abandonado su casa a las siete de la tarde si no fuera porque tenía cita con él. (Aquí el narrador se reserva el derecho de omitir detalles sobre el origen y tipo de relación que los unía, para no herir los sentimientos de la esposa de él ni del marido de ella).
            Durante la inundación de 1986 y estando ellos ensimismados en su burbuja de sentimientos y silencios arrastrados, sonó el teléfono incesantemente, pero él no respondió, hasta que el ruido se detuvo.  Sin embargo, la campanilla volvió a sonar tan violentamente en medio de los truenos, que no tuvo más remedio que contestar.  Era la esposa alarmada por las noticias de la televisión: mostraban cuadros desoladores de calles anegadas, árboles caídos y automóviles detenidos en medio del agua.  La respuesta escueta, casi brusca de él, le indicó a ella que estaba transgrediendo las normas y que se hallaba en medio de una situación estrictamente familiar.  Pero él no era hombre de sometimientos y, sin mayores explicaciones, volvió a sumergirse en la burbuja irisada por la blanda luz de la lámpara.
            Sus manos eran tibias.  Delicadas.  A ella le gustaba sostenerlas en medio de la desolación, cuando todo afuera era precario, cuando las voces del mundo no bastaban para cobijarla.  Entonces aferraba esas manos, haciendo caso omiso del sudor que las iba contagiando a medida que crecía el golpeteo de sus corazones.  Ella estaba segura de que él había entrado en el juego, a pesar de guardar silencio.
Y ella lo amaba con la tozudez que manifiestan las mujeres insatisfechas.  Por años esperó que la tomara en sus brazos y la besara; por años soñó con su sexo rubio en su boca, en sus piernas, en el afiebrado alacrán de su vientre.  Pero él guardaba las distancias.  Sólo sus ojos la transitaban en una llamarada ardiente que la dejaba temblando.
Ella era buena para escribir cartas.  Solía escribir largas misivas en papeles anchos y blancos, siempre mecanografiados y sin firma.  El las leía con atención, y trataba de ocultar en su rostro algún indicio que manifestara sus reacciones; pero ella lo espiaba, interpretando cualquier movimiento de sus pestañas, cualquier breve temblor de su mano, o cualquier salto en el ritmo de su respiración.
El tenor de las cartas era, con algunas variaciones, básicamente el mismo (mas el narrador no puede revelarlo).  A continuación, sostenían largas conversaciones al respecto, y ella sentía que él se le escurría por territorios como de nieve recién caída.
Así las cosas, alguien le susurró a ella que él tenía rasgos de homosexualidad tal vez no asumida y que no le gustaban las mujeres.  Esa idea también había cruzado por su mente cada vez que oía su voz de junco dormido y observaba sus ademanes asordinados, sin brusquedad ninguna; pero la rechazaba luego, con la certeza de que hay hombres así, delicados en su ternura, hombres de aire, transparentes en su permanencia vital.
            Ella era de fuego, sin embargo.  Violenta y directa como la flecha de su Sagitario, y decidió un día que se iría para siempre.  Para siempre duró un mes en que se vio sumergida en medio de organizaciones feministas, reuniones circulares y discusiones estructuralistas que le taladraron los sesos, pero dejaron su corazón intacto en la añoranza.  Y regresó.  Él la acogió con su sonrisa de siempre, como si aquel intervalo absurdo jamás hubiera ocurrido.
Y así transcurrieron los meses, en los cuales ella sufrió períodos de delgadez infinita, períodos en que si no hubiera sido por el faro de las manos que la acogían, las palabras justas, los silencios precisos, ella habría sucumbido.  Ambos se zambullían en el círculo perfecto de las emociones, sin resbalar, como sabiendo que el contacto de las manos les daba la redondez necesaria para seguir viviendo.
De pronto, una tarde las manos de ella se enfriaron.  Los médicos dijeron que un desorden hormonal, que la circulación, que la falta de peso... (aquí el narrador no tuvo acceso a la ficha privada de los facultativos y no puede dar detalles exactos del origen de su enfermedad ni de su posterior evolución ni tratamiento).
El caso es que ella comenzó a cambiar.  Le dijo a él que necesitaba tiempo para estar sola, que otras actividades la requerían por algunos meses, y empezó a distanciar sus encuentros.  Él, aparentemente, no lo resintió, pero con el correr de las semanas ya no pudo soportarlo.  Una tarde de abril de 1989 la llamó intempestivamente a una cita no acordada, cosa que se salía de sus cánones establecidos.  Ella casi no pudo acudir, mas la fuerza de la costumbre de cumplir con sus obligaciones (nótese: ella lo tomó como una obligación) la hizo postergar otro compromiso casi tan ineludible como misterioso (el narrador no considera necesario suministrar antecedentes sobre estas nuevas actividades), y acudió puntualmente a las siete.
Al ser requerido por esta reunión fuera de pacto, él dio algunas explicaciones tan atropelladas como absurdas.  Dijo que se había confundido, que no estaba seguro de la fecha acordada, que.... aunque ella no le creyó ni por un segundo.  El jamás dejaba estas cosas al azar.  Tenía su tiempo perfectamente controlado porque era un reloj viviente.
Las palabras se deslizaban con raros matices.  Él la observaba esperando algún brillo especial en sus ojos.  Alguna lágrima tal vez.  Pero nada, ella tenía los ojos secos y una sonrisa que manejaba la situación.
            Luego vino el rito de las manos.  Las manos de él no pudieron entibiar la delgada piel de ella sobre los huesos helados de sus dedos.  Ella sintió que sus manos nunca más serían contagiadas por calor alguno.  Estaban condenadas a los hielos eternos.
Y casi tristemente, pero con voz osada, que la sorprendió a ella misma, dejó escapar las palabras definitivas.  Había decidido que no volvería.



1.11.12

A todos mis muertos


EN ESA ESQUINA



La muerte está sentada a los pies de mi cama
Óscar Hahn



La muerte estuvo sentada en esa esquina desde antes que yo naciera.
Silenciosa aguardaba resultados con un ojo rojo
y el otro colorado de puro cansancio.
Cuando vio que mi madre no estaba dispuesta a entregarme tan fácil
echó un par de ojeadas más
y se durmió.
Luego se conformó con un gato blanco.

La muerte ha estado sentada toda mi vida en aquella esquina.
A veces cabecea y murmura cosas raras,
otras, bosteza y se estira como queriendo despertar,
más tarde se hunde en la oscuridad de su rincón torcido,
satisfecha de oírme llorar.

Cuando mi padre se despidió
la muerte me besó en los labios.
Años después me miró muy hondo desde los ojos amarillos de mi madre
y pude verla sonreír con ella.
Comadres de viaje / me dije,
qué bueno, mi vieja no va tan sola.

En noches como ésta vuelvo a verla,
atisbando desde la esquina / en su sillita pintada
y con el sombrero bien calado sobre los ojos negros.
No es hora / le digo afectuosa,
todavía no puedo viajar, pero no te preocupes:
aquel domingo
cuando por fin decidas abandonar tu esquina
y acompañarme hasta la puerta,
tendré mi maleta lista,
también un bolso de mano
por si hay encargos
de última hora.




In that corner


Death is seated at the foot of my bed
Oscar Hahn


Death was seated in that corner
from before I was born.
With one red eye and the other raw
from sheer exhaustion,
she silently awaited the outcome.
When she saw that my mother wasn’t about to
surrender me so easily, she glanced around
twice more and fell asleep.
Soon after, she resigned herself to one white cat.

All my life Death has been seated in that corner.
At times she nods her head and whispers strange things,
or she yawns and stretches
as if wanting to wake up.
Later, she sinks into the darkness
of her twisted corner,
content to hear me cry.

When my father bid farewell,
Death kissed me on the lips.
Years later, from my mother’s sallow eyes,
Death gave me a penetrating look and I
could see her smiling with my mother.
Traveling buddies/I told myself,
I’m glad the old lady won’t be going off all by herself.

On nights like these
I see her once again
peeking out from the corner in her tiny painted chair
with her hat pulled way down over her dark eyes.
It’s still not time/I tell her gently,
I can’t travel yet, but don’t worry-
on that Sunday
when at last you decide to abandon your corner
and  lead me to the door,
I’ll have my suitcase ready
and a handbag too-
in case there are any last minute errands.

19.10.12

TODO ALLÍ EN LA NOCHE





‘Eyes I dare not meet in dreams’
The hollow men. T.S. Eliot

Las maldiciones nocturnas, la gran boca roja, desalada, que hace piruetas en el aire, desde el aire, y luego se torna en pequeñas gotas de sudor.  El sudor veterano de las sábanas que enloquecen cuando gritas, cuando grito, agónica ya de tantas palabras que no dicen, que estrangulan y se tuercen.
Estamos tú y yo enfrentados a la pesadilla con los rumores externos, con el borde de las palabras que caen desde el lecho como en una redoma.  Como si oyera el crujir de las piedras entre tus dientes.  La lengua lisa las va tragando y ya no puedo más frente a los reflectores.  Me quemo lentamente, dorada, ceniza.  Es que luchamos por abrir puertas, es que me conmueven tus ojos desnudos, ápices de luz en tanta tiniebla.
La tibieza de los cuerpos, la solitaria serpiente.  Después la marca de la sangre que se agolpa con su tañido breve en mi garganta. Y yo desciendo, cautiva, despojada apenas, por los bosques de la imaginación, por los bosques espesos de avellanos de Constance Chatterley, por los soleados manchones de anémonas de Mellors.  Y me torno suave; la caminata se hace lenta, resbaladiza por las raíces del sueño.  Ya no puedo verte.  Te vas al mar con tus gafas de turista, salpicado de olores a tabaco, agobiado por la marcha del sol sobre los hombros.
Puedo gritar que esperes, pero decido no estropear mi soledad momentánea y sólo contemplar el mar desde lejos, a través de las ramas.  Van cayendo las nubes por el despeñadero; el sol yace arruinado en el cenit.  Y ya eres un hombre pequeñito en el gran escenario.  Una vieja culpa reverdece entre mis manos.
De pronto surge el viaje, el gran viaje, y me observo rodeada de maletas llenas de guayabas.  El jugo se escurre por los intersticios y los voy tapando con mis dedos.  Tú estás sentado al piano tocando una pieza de Brahms, pero Brahms no escucha, permanece solitario, arrinconado en la sillita baja del baño.  La preocupación por mis maletas me impide correr en auxilio del maestro.
Oigo el trote de los caballos a lo lejos.
Ya vienen por mí.  Escupo largas frases de despedida contra tu obstinado silencio.  El galope se acerca pero los caballos nunca llegan.

Un hilo de luz aúlla desde la ventana y ya no sé si es la mañana que me rescata a la otra vida o es una más de tus jugarretas.  Parpadeo, cambio de posición en la cama y me encuentro con el italiano de la Piazza di Roma, gesticulante, abrasador, que me arrebata los mapas y los folletos multicolores, y me empuja por el empedrado hasta la fuente.  Pero las fuentes son inhabitables, inevitables.  Y yo sólo deseo regresar al río de mi infancia, donde los muchachos pescaban camarones con las manos y jugábamos a encontrar las piedrecitas más redondas para la colección.
El sueño ha dado un vuelco y estoy descalza persiguiendo lagartijas entre los yuyos morados.  El sol hace cambio de luces desde arriba, acaparando el desierto florido en un abrazo puro y caliente.  Las cuncunas adormecidas forman racimo en las ramas incendiadas del pimiento y las voy sacando con un palito.
Me entristecen las tardes de mis diez años y quisiera regresar a Roma.  Giro la cabeza, pero sólo encuentro piedra sobre piedra y los turistas tragando polvo.  El mismo polvo de las piedras, la misma soledad del norte chico.  No hay salida.  El llano se estira por las ruinas y las ciudades están tan lejos.  Me embarco en otras soledades, lisa la tarde entre los yuyos.  Allá estoy, de pronto, reconstruyendo pircas derruidas, levantando las piedras, una sobre otra, ajustándolas precariamente encima de mi cabeza. ¿O son las ruinas de Roma?  De todas formas, son las mismas piedras de la sed, las mismas que auscultan dentro de los ojos el llanto perpetuo de los abandonados.
   La muerte silba entre las latas.  El techo de la bodega se volará de un momento a otro, dejando al descubierto montañas de maíz, por donde trepo hasta hacer sangrar las rodillas.  El viento.  El viento lame los cielos dormidos.  Quiero volver a tus brazos.  Pero eres la esfinge coronada.  Te llamo desde este desierto.  Corro hacia los bosques de eucaliptos, te llamo en los troncos, te llamo en las semillas.  Todo parece muerto, todo ausente.  Aprieto el paso hacia las siete montañas, allá donde los reptiles dividen la tierra y siembran sus nidos las arañas.  Pero cae la noche y desciendo a los dominios de Lilith, la que asalta a los que duermen solos. ¿Bastarán quinientos años para exorcisar el maleficio de la soledad?  Voy alargándome en la tiniebla, royendo el extraño territorio de las sombras.  La montaña asciende ante mi paso.  Mis cabellos envenenados me golpean el rostro y la ropa se me cae a pedazos.  Me sangran los pies y no distingo otra luz que la de las estrellas.
De pronto surges de la tierra humeante, te elevas como un globo aerostático, iluminado apenas.  Busco tu rostro que gime, y cuando lo encuentro, no veo sino la propia imagen de mi cara ante el espejo.  Un rostro cansado, de labios agotados, una imagen corrupta de mi propio yo.  Huyo aterrorizada de este doble, que es como una enfermedad que me roba la energía.
Me voy por la orilla del río hasta llegar al mar.  Los bañistas ronronean como gatos en la arena y el juego de los volantines arma y desarma un cielo de colores.  Tengo mucha sed.  Corro hacia los vendedores de cocacola, pero nunca llego.  Ellos avanzan a grandes zancadas huyendo de mí.  Es inútil desenredar la arena para escribir historias, es inútil gritar que estoy enferma de soledad: los bañistas escriben sus propios cuentos en pedazos de periódicos o repiten sus biografías para sí mismos en los personal estéreos que les abrigan las orejas.
Me interno en el mar y veo peces que se acercan, peces que se enredan entre mis piernas y reptan por mi cuerpo.  Sigo buscándote, tal vez en el osado nadador que se aleja braceando hacia la isla.  Te llamo a gritos.  El agua me llega a la cabeza y por fin bebo.  Mi sed se agrieta en el verde terciopelo y me hundo en el exceso de las constelaciones.