VALLE DE LA LUNA
Hemos dejado absortos relojes
y empujamos el gesto hacia la sal.
El sol ahueca pisadas sobre un lecho de pájaros
inmóviles.
Las manos yermas deslizan sombras
divididas sobre la piedra.
Avanzamos sobre un fuego
que nos absuelve
sin levantar los ojos.
El silencio asciende como una vela
y dejamos de ser
y navegamos.
SAN PEDRO DE ATACAMA
In memoriam P. Gustavo LePaige
Sólo que para entrar al mediodía
con el sol renegando
y la muerte por ahí que destila oquedad,
hay que sentirlo, dicen.
Porque ya no están los ojos
y sí la negra masa de los siglos sobre la frente.
Aquello se mueve detrás de las tablas de madera de cactus
atisbando por los agujeros
o debajo de la cama que guardaba sus últimos secretos.
Y afuera un día terso sobre la arena ciega.
Pero entrar de noche no se puede:
ya las sombras recuperan colores
y las pequeñas momias tuercen la cabeza.
Entonces la noche sonámbula proscribe todas las lámparas.
Los sobrevivientes elevan plegarias en cuartos pintados de azul
y una hilera de pimientos tiembla
junto a muros calcinados.
27.1.14
31.8.13
ELLA DUERME
Ella duerme con su
corazón en la punta de los dedos
cuando la noche resplandece en el jardín:
la savia late en la madeja de los tallos
y más allá del verde la luna golpea.
Ella ha cerrado todas las puertas, y en la
penumbra
se queda sola con sus sueños sin sueño.
Su corazón se escurre como un pájaro
con un temblor de sábanas, y cae entre la hierba.
Ella duerme, su mano tendida al aire,
y en el jardín silenciosamente la luna se ha
ido.
3.6.13
ZURDA
En el comedor los ojos de la monja son cuchillos sobre mi mano izquierda. Viene
amenazante pero la cuchara sigue firme en mi mejor mano.
-Niña, ¡Te he dicho que es mala educación comer con la
izquierda! Y los puntitos bajo sus cejas gotean piedras sobre el plato que se
enfría.
-¡Toma la cuchara con la derecha y come!
Obedezco, pero la cuchara se vuelve difícil y los
garbanzos manchan mi pechera antes de llegar a la boca. Además, se me cerró la
garganta, no puedo tragar y, por último, esta comida es mala y no la quiero.
10.3.13
TALLER LITERARIO Y EDITORIAL “LA TRASTIENDA” INFORMA:
Están abiertas las inscripciones para los Talleres de
Poesía, Cuento y Autobiografía Creativa,
Poesía, Cuento y Autobiografía Creativa,
impartidos por la escritora Alejandra Basualto, que se realizarán en forma trimestral en
Echeñique 5903-A, La Reina.
Valor: $ 45.000.- mensuales.
Informaciones e inscripciones en los teléfonos:
27160831 y 9-3311640
Se realizarán en los siguientes horarios:
Poesía: martes de 19:30 a 21:30
Autobiografía Creativa: miércoles 19:30 a 21:30
Cuento: jueves: 19:30 a 21:30
25.11.12
Comentario por Antonio Rojas Gómez, Revista Occidente N° 420, julio 2012:
“INVISIBLE, VIENDO CAER LA NIEVE”
Alejandra Basualto, novela
Editorial La Trastienda, 194 páginas.
Alejandra Basualto tiene un lugar ganado en la literatura
actual como poeta y cuentista. Este título es su primera incursión en la
novela. Su tema es recurrente: el quiebre institucional, la pérdida de la
democracia, los horrores de la dictadura. Basualto lo enfoca desde la óptica de
distintos personajes, unidos por lazos de parentesco, de amistad y de amor no
realizado.
La obra se estructura como un relato cuyo narrador va
dando cuenta sumaria de los hechos que afectan a los personajes. Este narrador
mantiene una mirada objetiva. Sin embargo, su voz se entrelaza con la de los
propios personajes, a quienes la autora cede la palabra en determinados
momentos en los que va dando cuenta de sus sentimientos. Es aquí donde aparece
la vena poética de Alejandra Basualto, con cierto lirismo de buena ley y un
correcto manejo del idioma. La escritura es ajustada y sobria, lo que facilita
la lectura.
Los personajes básicos son dos mujeres, Regina y Ángela,
y dos hombres, Max y Antonio. Regina está casada con el hermano de Ángela, pero
está enamorada de Antonio desde la adolescencia. Ángela también está casada,
pero se enamora de Max. Y éste, a su vez, está enamorado de Antonio, porque es
homosexual. Pero Antonio no lo es, al contrario, tiene algunos arrestos de
Casanova.
Cuando acontece el golpe de estado, Antonio y Max se
exilian en Canadá y Ángela y Regina permanecen en Chile, en lo que llaman el
exilio interno. Los dos hombres regresan cuando vuelve la democracia, pero las
vidas de todos ya están rotas, perdidas, y el reencuentro resulta doloroso y
avanza paulatinamente a un final desolador.
Alejandra Basualto tiene oficio literario y esta primera
incursión en el género novelesco lo demuestra con un resultado satisfactorio.
18.11.12
RÉQUIEM PARA UNAS MANOS
El era grande y amarillo y tenía las
manos tibias. Y ella lo amaba. Lo amaba por casi una década, dentro de la
que hubo muchas inundaciones de calles y carreteras, un terremoto en el área
metropolitana, y varios veranos tórridos, durante los cuales ella jamás habría
abandonado su casa a las siete de la tarde si no fuera porque tenía cita con
él. (Aquí el narrador se reserva el derecho de omitir detalles sobre el origen
y tipo de relación que los unía, para no herir los sentimientos de la esposa de
él ni del marido de ella).
Durante
la inundación de 1986 y estando ellos ensimismados en su burbuja de
sentimientos y silencios arrastrados, sonó el teléfono incesantemente, pero él
no respondió, hasta que el ruido se detuvo.
Sin embargo, la campanilla volvió a sonar tan violentamente en medio de
los truenos, que no tuvo más remedio que contestar. Era la esposa alarmada por las noticias de la
televisión: mostraban cuadros desoladores de calles anegadas, árboles caídos y
automóviles detenidos en medio del agua.
La respuesta escueta, casi brusca de él, le indicó a ella que estaba
transgrediendo las normas y que se hallaba en medio de una situación
estrictamente familiar. Pero él no era
hombre de sometimientos y, sin mayores explicaciones, volvió a sumergirse en la
burbuja irisada por la blanda luz de la lámpara.
Sus
manos eran tibias. Delicadas. A ella le gustaba sostenerlas en medio de la
desolación, cuando todo afuera era precario, cuando las voces del mundo no bastaban
para cobijarla. Entonces aferraba esas
manos, haciendo caso omiso del sudor que las iba contagiando a medida que
crecía el golpeteo de sus corazones.
Ella estaba segura de que él había entrado en el juego, a pesar de
guardar silencio.
Y ella lo amaba con la tozudez que
manifiestan las mujeres insatisfechas.
Por años esperó que la tomara en sus brazos y la besara; por años soñó
con su sexo rubio en su boca, en sus piernas, en el afiebrado alacrán de su
vientre. Pero él guardaba las
distancias. Sólo sus ojos la transitaban
en una llamarada ardiente que la dejaba temblando.
Ella era buena para escribir
cartas. Solía escribir largas misivas en
papeles anchos y blancos, siempre mecanografiados y sin firma. El las leía con atención, y trataba de ocultar
en su rostro algún indicio que manifestara sus reacciones; pero ella lo
espiaba, interpretando cualquier movimiento de sus pestañas, cualquier breve
temblor de su mano, o cualquier salto en el ritmo de su respiración.
El tenor de las cartas era, con algunas
variaciones, básicamente el mismo (mas el narrador no puede revelarlo). A continuación, sostenían largas
conversaciones al respecto, y ella sentía que él se le escurría por territorios
como de nieve recién caída.
Así las cosas, alguien le susurró a
ella que él tenía rasgos de homosexualidad tal vez no asumida y que no le
gustaban las mujeres. Esa idea también
había cruzado por su mente cada vez que oía su voz de junco dormido y observaba
sus ademanes asordinados, sin brusquedad ninguna; pero la rechazaba luego, con
la certeza de que hay hombres así, delicados en su ternura, hombres de aire,
transparentes en su permanencia vital.
Ella era de fuego, sin
embargo. Violenta y directa como la
flecha de su Sagitario, y decidió un día que se iría para siempre. Para siempre duró un mes en que se vio
sumergida en medio de organizaciones feministas, reuniones circulares y
discusiones estructuralistas que le taladraron los sesos, pero dejaron su
corazón intacto en la añoranza. Y
regresó. Él la acogió con su sonrisa de
siempre, como si aquel intervalo absurdo jamás hubiera ocurrido.
Y así transcurrieron los meses, en
los cuales ella sufrió períodos de delgadez infinita, períodos en que si no
hubiera sido por el faro de las manos que la acogían, las palabras justas, los
silencios precisos, ella habría sucumbido.
Ambos se zambullían en el círculo perfecto de las emociones, sin
resbalar, como sabiendo que el contacto de las manos les daba la redondez
necesaria para seguir viviendo.
De pronto, una tarde las manos de
ella se enfriaron. Los médicos dijeron
que un desorden hormonal, que la circulación, que la falta de peso... (aquí el
narrador no tuvo acceso a la ficha privada de los facultativos y no puede dar
detalles exactos del origen de su enfermedad ni de su posterior evolución ni
tratamiento).
El caso es que ella comenzó a
cambiar. Le dijo a él que necesitaba
tiempo para estar sola, que otras actividades la requerían por algunos meses, y
empezó a distanciar sus encuentros. Él,
aparentemente, no lo resintió, pero con el correr de las semanas ya no pudo
soportarlo. Una tarde de abril de 1989
la llamó intempestivamente a una cita no acordada, cosa que se salía de sus
cánones establecidos. Ella casi no pudo
acudir, mas la fuerza de la costumbre de cumplir con sus obligaciones (nótese:
ella lo tomó como una obligación) la hizo postergar otro compromiso casi tan
ineludible como misterioso (el narrador no considera necesario suministrar
antecedentes sobre estas nuevas actividades), y acudió puntualmente a las
siete.
Al ser requerido por esta reunión
fuera de pacto, él dio algunas explicaciones tan atropelladas como
absurdas. Dijo que se había confundido,
que no estaba seguro de la fecha acordada, que.... aunque ella no le creyó ni
por un segundo. El jamás dejaba estas
cosas al azar. Tenía su tiempo
perfectamente controlado porque era un reloj viviente.
Las palabras se deslizaban con raros
matices. Él la observaba esperando algún
brillo especial en sus ojos. Alguna
lágrima tal vez. Pero nada, ella tenía
los ojos secos y una sonrisa que manejaba la situación.
Luego vino el rito de las
manos. Las manos de él no pudieron
entibiar la delgada piel de ella sobre los huesos helados de sus dedos. Ella sintió que sus manos nunca más serían contagiadas
por calor alguno. Estaban condenadas a
los hielos eternos.
Y casi tristemente, pero con voz
osada, que la sorprendió a ella misma, dejó escapar las palabras
definitivas. Había decidido que no
volvería.
1.11.12
A todos mis muertos
EN ESA ESQUINA
La muerte está sentada a los pies de mi cama
Óscar
Hahn
La muerte estuvo
sentada en esa esquina desde antes que yo naciera.
Silenciosa
aguardaba resultados con un ojo rojo
y el otro colorado
de puro cansancio.
Cuando vio que mi
madre no estaba dispuesta a entregarme tan fácil
echó un par de
ojeadas más
y se durmió.
Luego se conformó
con un gato blanco.
La muerte ha estado
sentada toda mi vida en aquella esquina.
A veces cabecea y murmura
cosas raras,
otras, bosteza y se
estira como queriendo despertar,
más tarde se hunde
en la oscuridad de su rincón torcido,
satisfecha de oírme
llorar.
Cuando mi padre se despidió
la muerte me besó
en los labios.
Años después me
miró muy hondo desde los ojos amarillos de mi madre
y pude verla
sonreír con ella.
Comadres de viaje /
me dije,
qué bueno, mi vieja
no va tan sola.
En noches como ésta
vuelvo a verla,
atisbando desde la
esquina / en su sillita pintada
y con el sombrero
bien calado sobre los ojos negros.
No es hora / le
digo afectuosa,
todavía no puedo
viajar, pero no te preocupes:
aquel domingo
cuando por fin
decidas abandonar tu esquina
y acompañarme hasta
la puerta,
tendré mi maleta
lista,
también un bolso de
mano
por si hay encargos
de última hora.
In that corner
Death is seated at the foot of my bed
Oscar Hahn
Death was seated in that corner
from before
I was born.
With one
red eye and the other raw
from sheer
exhaustion,
she
silently awaited the outcome.
When she
saw that my mother wasn’t about to
surrender
me so easily, she glanced around
twice more
and fell asleep.
Soon after,
she resigned herself to one white cat.
All my life
Death has been seated in that corner.
At times
she nods her head and whispers strange things,
or she
yawns and stretches
as if
wanting to wake up.
Later, she
sinks into the darkness
of her
twisted corner,
content to
hear me cry.
When my
father bid farewell,
Death
kissed me on the lips.
Years
later, from my mother’s sallow eyes,
Death gave
me a penetrating look and I
could see
her smiling with my mother.
Traveling
buddies/I told myself,
I’m glad
the old lady won’t be going off all by herself.
On nights like these
I see her
once again
peeking out
from the corner in her tiny painted chair
with her
hat pulled way down over her dark eyes.
It’s still
not time/I tell her gently,
I can’t
travel yet, but don’t worry-
on that
Sunday
when at
last you decide to abandon your corner
and lead me to the door,
I’ll have
my suitcase ready
and a
handbag too-
in case
there are any last minute errands.
19.10.12
TODO ALLÍ EN LA NOCHE
‘Eyes I dare not meet in dreams’
The hollow men. T.S.
Eliot
Las maldiciones nocturnas, la gran boca roja, desalada, que
hace piruetas en el aire, desde el aire, y luego se torna en pequeñas gotas de
sudor. El sudor veterano de las sábanas
que enloquecen cuando gritas, cuando grito, agónica ya de tantas palabras que
no dicen, que estrangulan y se tuercen.
Estamos tú y yo enfrentados a la pesadilla con los rumores
externos, con el borde de las palabras que caen desde el lecho como en una
redoma. Como si oyera el crujir de las
piedras entre tus dientes. La lengua
lisa las va tragando y ya no puedo más frente a los reflectores. Me quemo lentamente, dorada, ceniza. Es que luchamos por abrir puertas, es que me
conmueven tus ojos desnudos, ápices de luz en tanta tiniebla.
La tibieza de los cuerpos, la solitaria serpiente. Después la marca de la sangre que se agolpa
con su tañido breve en mi garganta. Y yo desciendo, cautiva, despojada apenas,
por los bosques de la imaginación, por los bosques espesos de avellanos de
Constance Chatterley, por los soleados manchones de anémonas de Mellors. Y me torno suave; la caminata se hace lenta,
resbaladiza por las raíces del sueño. Ya
no puedo verte. Te vas al mar con tus
gafas de turista, salpicado de olores a tabaco, agobiado por la marcha del sol
sobre los hombros.
Puedo gritar que esperes, pero decido no estropear mi soledad
momentánea y sólo contemplar el mar desde lejos, a través de las ramas. Van cayendo las nubes por el despeñadero; el
sol yace arruinado en el cenit. Y ya
eres un hombre pequeñito en el gran escenario.
Una vieja culpa reverdece entre mis manos.
De pronto surge el viaje, el gran viaje, y me observo rodeada
de maletas llenas de guayabas. El jugo
se escurre por los intersticios y los voy tapando con mis dedos. Tú estás sentado al piano tocando una pieza
de Brahms, pero Brahms no escucha, permanece solitario, arrinconado en la
sillita baja del baño. La preocupación
por mis maletas me impide correr en auxilio del maestro.
Oigo el trote de los caballos a lo lejos.
Ya vienen por mí.
Escupo largas frases de despedida contra tu obstinado silencio. El galope se acerca pero los caballos nunca
llegan.
Un hilo de luz aúlla desde la ventana y ya no sé si es la
mañana que me rescata a la otra vida o es una más de tus jugarretas. Parpadeo, cambio de posición en la cama y me
encuentro con el italiano de la
Piazza di Roma, gesticulante, abrasador, que me arrebata los
mapas y los folletos multicolores, y me empuja por el empedrado hasta la
fuente. Pero las fuentes son
inhabitables, inevitables. Y yo sólo
deseo regresar al río de mi infancia, donde los muchachos pescaban camarones
con las manos y jugábamos a encontrar las piedrecitas más redondas para la
colección.
El sueño ha dado un vuelco y estoy descalza persiguiendo
lagartijas entre los yuyos morados. El
sol hace cambio de luces desde arriba, acaparando el desierto florido en un
abrazo puro y caliente. Las cuncunas
adormecidas forman racimo en las ramas incendiadas del pimiento y las voy
sacando con un palito.
Me entristecen las tardes de mis diez años y quisiera regresar
a Roma. Giro la cabeza, pero sólo
encuentro piedra sobre piedra y los turistas tragando polvo. El mismo polvo de las piedras, la misma
soledad del norte chico. No hay
salida. El llano se estira por las
ruinas y las ciudades están tan lejos.
Me embarco en otras soledades, lisa la tarde entre los yuyos. Allá estoy, de pronto, reconstruyendo pircas
derruidas, levantando las piedras, una sobre otra, ajustándolas precariamente
encima de mi cabeza. ¿O son las ruinas de Roma?
De todas formas, son las mismas piedras de la sed, las mismas que
auscultan dentro de los ojos el llanto perpetuo de los abandonados.
La muerte silba entre
las latas. El techo de la bodega se
volará de un momento a otro, dejando al descubierto montañas de maíz, por donde
trepo hasta hacer sangrar las rodillas.
El viento. El viento lame los
cielos dormidos. Quiero volver a tus
brazos. Pero eres la esfinge
coronada. Te llamo desde este desierto. Corro hacia los bosques de eucaliptos, te
llamo en los troncos, te llamo en las semillas.
Todo parece muerto, todo ausente.
Aprieto el paso hacia las siete montañas, allá donde los reptiles
dividen la tierra y siembran sus nidos las arañas. Pero cae la noche y desciendo a los dominios
de Lilith, la que asalta a los que duermen solos. ¿Bastarán quinientos años
para exorcisar el maleficio de la soledad?
Voy alargándome en la tiniebla, royendo el extraño territorio de las
sombras. La montaña asciende ante mi
paso. Mis cabellos envenenados me
golpean el rostro y la ropa se me cae a pedazos. Me sangran los pies y no distingo otra luz
que la de las estrellas.
De pronto surges de la tierra humeante, te elevas como un
globo aerostático, iluminado apenas.
Busco tu rostro que gime, y cuando lo encuentro, no veo sino la propia
imagen de mi cara ante el espejo. Un
rostro cansado, de labios agotados, una imagen corrupta de mi propio yo. Huyo aterrorizada de este doble, que es como
una enfermedad que me roba la energía.
Me voy por la orilla del río hasta llegar al mar. Los bañistas ronronean como gatos en la arena
y el juego de los volantines arma y desarma un cielo de colores. Tengo mucha sed. Corro hacia los vendedores de cocacola, pero
nunca llego. Ellos avanzan a grandes
zancadas huyendo de mí. Es inútil
desenredar la arena para escribir historias, es inútil gritar que estoy enferma
de soledad: los bañistas escriben sus propios cuentos en pedazos de periódicos
o repiten sus biografías para sí mismos en los personal estéreos que les
abrigan las orejas.
Me interno en el mar y veo peces que se acercan, peces que se
enredan entre mis piernas y reptan por mi cuerpo. Sigo buscándote, tal vez en el osado nadador
que se aleja braceando hacia la isla. Te
llamo a gritos. El agua me llega a la
cabeza y por fin bebo. Mi sed se agrieta
en el verde terciopelo y me hundo en el exceso de las constelaciones.
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